Lurralde Hotzak (Tierras frías/ Cold Lands) España -2018- Iratxe Fresneda

Iratxe Fresneda

 Horas antes del estreno mundial de “Lurralde Hotzak” en el Festival Internacional de Cine de Gijón (FICX56), su directora Iratxe Fresneda lanzaba en las redes sociales el siguiente mensaje: En unas horas dejará de ser mía/nuestra  lurralde hotzak. A las 22:30 en la escuela de Comercio de Gijon “.

   Una señora de edad avanzada, con aspecto de haberse equivocado de sala (Lurralde Htozak estaba incluida en la sección Llendes, calificada por el propio festival como la sección más vanguardista y arriesgada de su programación), se sentó a mi lado tras preguntarme si estaba libre y darme las gracias después, con una amplia sonrisa. Le llevó su tiempo doblar el abrigo, silenciar el móvil y encontrar las gafas y los caramelos de eucalipto en su enorme bolso. Ya con el programa del festival en sus manos, comenzó a leer la sinopsis de la película, dibujando en sus labios cada palabra.

   Iratxe Fresneda compareció ante el público para hacer una breve presentación de su película y emplazarnos al encuentro que tendría lugar al término de la proyección.   No le dio tiempo a mi compañera de asiento a completar la lectura de la breve sinopsis: las luces se apagaron mientras la directora vasca enfilaba el pasillo en busca de su butaca. “Lurralde Hotzak” comenzaba su iniciática singladura hacia las Tierras frías, con una banda sonora improvisada en riguroso directo: el chasqueante sonido del plástico de un caramelo de eucalipto.

   Una abstracción en movimiento: una estrecha barra negra y longitudinal se abre dejando entrever un mar azul y sensitivamente frío. Acompañando a la imagen, una voz en off en euskera, nos sirve de presentación y declaración de intenciones: la propia Iratxe Fresneda será la encargada de documentarnos los caminos por los que transita; las impresiones que le producen las imágenes resultantes de su búsqueda; los pensamientos analíticos e imaginativos que lanza buscando la complicidad del espectador:

   “Durante meses, incluso años, recorrí estaciones de servicio, aeropuertos, trenes y estaciones de ferry, como la mujer en tránsito en la que me había convertido. Esta es la historia de un viaje desde el sur al norte, donde los colores cálidos se tornan cada vez más fríos, por donde deambulo entre imágenes y recorro lugares”.

   Estructurado en dos partes bien diferenciadas: sur-norte; el creativo documental de Fresneda, bien puede considerarse un ensayo fílmico sobre la memoria del arte cinematográfico y la importancia de la cultura de la imagen en la sociedad actual. ¡Que no cunda el pánico! A pesar de la profundidad intelectual sobre la que se sustenta, no trasmite en ningún momento el mínimo rastro de dogmatismo ni pedagogía: Lurralde Hotzak es un inteligentísimo poema visual desbordante de sensibilidad y belleza. El perfecto equilibrio que consigue establecer entre la imagen y la narrativa, hace que el documental fluya con ritmo y armonía: si la imagen es hipnótica, el acertado recurso de la voz en off nos llega sincero, íntimo, delicadamente humilde y sugerente.

   El cine como forma de vida: como pasado, presente y futuro. El mundo es un enorme espacio de localizaciones que esperan a que alguien las registre con su cámara y las interprete: que las descubra o las resignifique. Fuera del cine está la otra vida, la vida real: ¿conciliables?. Iratxe Fresneda recurre al genial cineasta griego Theo Angelopoulus para lanzarnos una disquisición esencial sobre el acto más puro de la creación artística. Las hermosas imágenes de un apicultor trabajando en su colmenar, sirve de base visual sobre la que gravita la voz en off del director griego:

   “Hacer películas como las hacemos nosotros, como hago yo y otros también, es exclusivo. Deja poco tiempo para vivir. Vivimos a través de la película, durante el rodaje. El rodaje se convierte en un acto de amor. Es la verdadera vida. Del otro lado está la vida que en sí, que nos llama. Y esta contradicción crea un drama. Solo nos queda morir. Nuestra obra es como una estatua que se vuelve sobre nosotros y nos aplasta. ¿Vivir o escribir?

    Iratxe confiesa sentirse identificada con esta transcendental reflexión: [… La idea del oficio del cineasta propuesta por Angelopoulus empieza a invadir mi forma de ser. Las abejas bailan para comunicarse, ajenas a la amenaza que se ciernen sobre su hábitat. ]

Foto: Eulalia Abaitua

       El Sur de Lurralde Hotzak es Euskadi y Aragón: historia, paisaje y arquitectura. Es también memoria de la imagen a través de las fotografías de las mujeres anónimas retratadas por la pionera Eulalia Abaitua (1853-1943). Localizaciones cinematográficas de antiguas películas cobran nuevos significados bajo una nueva mirada, o derivan en hallazgos de lo casual:  una fosa común de represaliados por el franquismo, es registrada por la cámara de Fresneda mientras graba localizaciones para películas que nunca hará (según sus propias palabras),  revelándose fortuitamente en la mesa de montaje.

   El Norte es invierno en Berlín, Estocolmo, Copenhague, Reikiavik: viejas ciudades vestidas de fiesta que posan ante la ávida cámara de los turistas deseosos de capturar un pedacito de historia. La directora vasca prefiere los barrios obreros que han conseguido el milagro de la supervivencia ante la gentrificación. La imaginación de Iratxe vuela ante la nocturna imagen de un edificio iluminado por las ventanas de sus habitantes: ” A veces siento que me invitan a entrar en sus casas para descubrir sus historias”.

    Si la invitación no se produce, siempre queda el recurso de la ficción para inventar la vida de las personas anónimas que el azar pone al alcance del objetivo de la cámara. Es precisamente en situaciones como esta donde reside el interés de Iratxe Fresneda: en la construcción de la ficción y sus procesos germinativos.

    En una bellísima secuencia rodada en la cocina de un apartamento, mientras las luces del día se extinguen tras la ventana y una exigua luz cálida convive con las sombras en el interior, Fresneda evoca a la cineasta y poeta sueca Rut Hillarp, y las imágenes de su película “Las manos blancas” surgen como ectoplasmas levitativos que llenan la estancia.

   El viaje a las “tierras frías” (traducción textual de Lurralde Hotzak) transcurre con la celeridad de un suspiro: los gélidos y hermosos paisajes islandeses ponen fin a la travesía en solitario de Iratxe Fresneda. Realmente el final, es más bien una pausa: tal cómo anunciaba la directora en el preámbulo del estreno en las redes sociales, la película pasa ser patrimonio del espectador, quien se siente agradecido por tan generoso regalo.

   Terminada la proyección, mi compañera de butaca aplaude sonoramente, mientras hace espontáneos gestos de asentimiento con la cabeza. Se gira hacía mi y me dice: -¡Qué bonita!… ¿verdad? No me ha dado tiempo a leer “todos los letreros”, y no sé si la he entendido muy bien, aun así, me ha gustado mucho-.

    Es lo que tienen las cosas buenas, no hace falta ser un experto en joyas para quedar hipnotizado con la iridiscencia de un diamante. Cuando el cine experimental sobrepasa la barrera del experimento, se convierte en arte puro: Iratxe Fresneda nos regala una joya en bruto, sin duda una de las películas más interesantes que pasaron por una de las mejores ediciones del Festival Internacional de Cine de Gijón que se recuerdan.

Enlace a la web del documental:

https://www.coldlandsfilm.com/castellano

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