Oleg y las raras artes (España -2016) Andrés Duque

Oleg Karavaichuk y Andrés Duque

Una puerta se abre en el fondo de un ornamentado pasillo del Hermitage. Una figura diminuta avanza lentamente hacia nosotros con la manos ocultas tras su espalda. Viste un jersey negro de lana, y unos pantalones también negros y brillantes, como de chandal: sobre la cabeza, una boina roja ligeramente ladeada oculta a duras penas su cabellera cobriza y profusa.

Sin detener su caminar, con voz aguda y extenuada, nos explica la metamorfosis psicológica que experimenta cuando accede al interior del museo del Hermitage de San Petersburgo, especialmente a su departamento de arte antiguo: “Aquí reside la verdad del arte, el genio espontáneo de la creatividad”.

Oleg Karavaichuk

Todas las tardes, mientras el museo cierra sus puertas principales al público,una puerta exclusiva se abre para el compositor y pianista Oleg Nikolaevich Karavaichuk (Kiev, 1927). El famoso piano de madera y bronce dorado que perteneció a la zarina Alexandra, espera que los dedos prodigiosos de Oleg desencadenen un torrente de música recién nacida. Sin apuntes ni partituras, la notas se componen en su cabeza, para descender después fluidas hasta sus manos, que antes de atacar las teclas, ejecutan una danza invocativa, una llamada a la creación del arte más puro.

Cuando surge la música, uno tiene la impresión de que Oleg es un médium, un puente que se establece entre lo terrenal y lo divino: ¿un genio?. Su excéntrica personalidad y su figura desaliñada bien pueden conducir nuestra opinión hacia el otro extremo, hacia la locura: así lo consideran y lo llaman muchos de los que dicen que lo conocen: el loco de Oleg. Pero ahí está su música para diluir el debate hasta lo prosaico, hacia lo inútil. Su obra compositiva es tan prolija, que nos llevaría horas hacer mención a su carrera, desarrollada principalmente en el cine, donde compuso cerca de 200 bandas sonoras.

Oleg Karavaichuk

 

El cineasta venezolano afincado en España, Andrés Duque, no pretende en ningún momento centrar su documental en torno a la biografía de Oleg. En mi opinión, acierta de pleno, pues con esa ausencia de datos consigue despertar aun más la curiosidad del espectador, que no tardará en buscar por otros medios información sobre el músico. Si el medio es Youtube, hallaremos el mismo vídeo que Andrés Duque encontró durante su investigación: un hombre tocando el piano, vestido de rojo, con una bolsa cubriéndole totalmente la cabeza.

Oleg y las raras artes” es un documental de observación y de descubrimiento. Cuando el músico comienza a hablar, da la impresión de que no intermedió una pregunta previa: Oleg no está respondiendo, habla de lo que le apetece; de lo humano, de lo divino, de la majestuosidad de la música como arte total, o de la falta de olor de la fruta: “¿por que la fruta ahora, no huele a nada?”. Acompaña sus monólogos con gestos teatrales, exageradamente medidos: en muchas ocasiones sus ojos permanecen cerrados durante la oratoria. En algunos momentos, ni siquiera recurre a la palabra, como en esa extraordinaria secuencia en la que Oleg Karavaichuk, de pie y con los ojos cerrados, parece estar poseído por algún espíritu: imaginamos que su mente está inmersa en un proceso de creación musical. Sus manos se mueven lentamente haciendo gestos extraños, igual que su cuerpo, que se balancea levemente a izquierda y derecha. Con la cabeza ligeramente inclinada hacia abajo, sus ojos no se abren en ningún momento. Los dedos cobran vigor y se mueven como si estuvieran atacando las teclas del piano, su cuerpo le acompaña ahora con movimientos espasmódicos: ¡tempo presto, prestissimo..!, unos instantes, para llegar seguidamente a un desenlace pianissimo: su mano derecha en trepidación descendente, termina como una caricia tierna en su corazón. Su cuerpo continua unos instantes en un lento balanceo, mientras sus brazos caen desmayados presa del éxtasis vivido.

Oleg Karavaichuk

Oleg ha nacido para la música: nada tiene sentido si una nota no se eleva gravitacionalmente para poner banda sonora a la vida. Él mismo parece una nota disonante escapado de una partitura. En otra deliciosa secuencia de la película, Oleg aparece sentado en la mesa de un restaurante: detrás de él, un amplio ventanal muestra la calle sobre la que transitan vehículos y peatones. El sueño le ha vencido tras el almuerzo: a vista de los restos de comida que hay sobre los platos, apenas ha probado bocado. Escuchamos una de sus interpretaciones para piano, una melodía intimista, melódica a su manera, sugerente y evocadora. No nos resulta difícil adivinar la naturaleza de su sueño: súbitamente su brazo derecho le levanta, sus dedos se despliegan prestos para atacar el teclado… unos instantes de suspensión, hasta que su brazo desciende lentamente para quedar reposado sobre su otro brazo: Oleg duerme con la placidez de un niño.

Un momento del rodaje

   Oleg y las raras artes se estrenó en el festival de Rotterdam el 2 de febrero de 2016. Seis días más tarde, el documental llega a España donde participa en la sección oficial del Festival Punto de Vista de Navarra. Andrés Duque consigue que el músico viaje para asistir al estreno. Pensaba el director que Oleg ya había visto el documental: se lo había enviado a su domicilio en San Petersburgo. No fue así, el pase en Navarra, que además inauguraba el festival, sería el primer visionado para Karavaichuk. Andrés Duque reconoció en entrevistas posteriores, que un miedo le apoderó por completo: acostumbrado a las perretas y las espantadas del músico, si el documental no le gustaba aquello se podría convertir en un escándalo, ¡capaz sería de ponerse en pie y mandar suspender la proyección!. Afortunadamente Oleg se vio reconocido en la pantalla: se reía de si mismo. Termino por felicitar efusivamente al director: -“Muchas gracias, has hecho una película muy traviesa. Wagner estaría muy orgulloso”-.

Oleg Karavaichuk

Esta era su segunda visita a España: durante el rodaje del documental Andrés le invitó para que visitara el Museo del Prado y viera una pintura del Bosco que servía de inspiración al cineasta. Aprovechando aquella primera visita y con la idea de grabarlo en vídeo, se organizó un concierto en el mismo museo. Oleg tocó cuatro notas y se fue: no le gustaba el espacio. Cuenta Duque que el músico volvió enseguida al escenario y se pasó hora y media explicando las razones que le habían llevado a suspender el concierto.

En la presentación del documental en Moscú, la sala estaba repleta de gente del mundo de la cultura. Concluida la proyección, Karavaichuk se sentó al piano y tocó La marcha fúnebre, mientras la gente abandonaba el local. Oleg sabía que su muerte estaba cerca, y no se equivocó, el 13 de junio de 2016, una neumonía fulminante le cerró de golpe la tapa de las teclas del piano. Pero Oleg Nikolaevich Karavaichuk no podía irse de este mundo sin montar su última espantada: “Hubo un conflicto burocrático y su cuerpo no podía salir de la morgue, así que los organizadores decidieron celebrarlo sin él. Era un gran teatro del siglo XIX, con luz cenital en el escenario, sonaba música suya y había una fotografía enorme y el espacio para el ataúd, pero el ataúd no estaba.”

Oleg Karavaichuk

Afortunadamente nos queda esté maravilloso documental, que contribuye de forma notable, a reivindicar la figura de uno de los compositores más originales de todo el siglo XX. Si un día visitáis el museo del Hermitage de San Petersburgo, deteneos unos instantes delante del majestuoso piano de los zares, cerrar los ojos, y disfrutar de la melodía que Oleg interpretará para vosotros.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *