Mapa de las estrellas (Canadá) 2015- David Cronenberg

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David Cronenberg

   En una entrevista con el divulgador científico Eduard Pulset, David Cronenberg reconoce ser un apasionado de la ciencia, concretamente de la entomología: le encantan los insectos. De joven quería ser escritor científico, como Isaac Asimov. Aunque la vida le llevó por otros derroteros, de vez en cuando suelta alguna frasecita reveladora de su pasión frustrada: -“todos somos científicos locos, y la vida es nuestro laboratorio”-.

   La idea de “Maps to the stars” viene de lejos, tenemos que remontarnos a últimos años del siglo pasado, cuando Bruce Wagner (guionista de la película) trabajaba conduciendo limusinas en Los Ángeles, mientras soñaba con convertirse en actor y guionista: antes había conducido ambulancias por Beverly Hills. Discípulo de Carlos Castaneda, Wagner formó parte del círculo más íntimo del místico antropólogo de Cajamarca (Perú); incluso llegó a cambiar su nombre por el de Lorenzo Drake. Fue finalmente su faceta de escritor la que le llevó a conocer a David Cronenberg: compartían el mismo agente. Wagner le pasó el guión, y ahí dio comienzo una aventura que duró más de diez años: un místico de la Tensegridad y un científico ateo, levantando las tapas de las alcantarillas más nauseabundas de Hollywood.

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Olivia Williams, John Cusack y Cronenberg

   Hablando de estrellas, Cronenberg venía de estrellarse con su última película: Cosmopolis. Público y crítica fueron unánimes a la hora de calificar la cinta del director canadiense como uno de sus trabajos más decepcionantes. En IMDB le dan un 5 raspado. Cuando veáis “Maps to the stars”, entenderéis por que hago referencia a la famosa base de datos norteamericana.

   Con su inmaculada bata blanca, sus guantes de látex y su mascarilla antiséptica, Cronenberg introduce sus pinzas en la urna de cristal donde cohabitan sus insectos, y los manipula para estudiar sus reacciones. La transmutación genética a la que ha sometido a los bichos, promete comportamientos variables y asombrosos. Es posible que se produzcan reacciones violentas entre ellos, o mejor dicho, es deseable por el entomólogo, porque al fin y al cabo, ese es el objetivo del estudio.

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Evan Bird

   Un adolescente presuntuoso, descarado, más estúpido aun de lo que su precocidad y su fama hacían prever: no tiene reparos en poner a parir a su asistente (un judío cincuentón) cuando en un acto de hipócrita humanidad el joven visita a una niña en el hospital: el agente le había dicho que la niña era un enferma terminal de Sida, cuando en realidad padecía un mortal linfoma no Hodgkin.

   En pleno proceso de desintoxicación de las drogas, Benjie, que así se llama el angelito, sufre apariciones fantasmagóricas.

   Su hierática madre, más preocupada del caché del efebo que de sus desequilibrios emocionales, vive elucubrando números y postureos sociales, aunque en el fondo de su alma de cristal, si uno mira bien, sólo vea la latencia de un dolor insoportable.

   El gurú de la familia, el padre (John Cusack, con el rostro más estirado que la mismísima Nicole Kidman), ofrece sesiones terapéuticas a las estrellas desquiciadas de los nervios, que suspiran por un papel que convierta el Oscar en una extensión de su mano y de su vanidad. Ha escrito libros de autoayuda, sabe ahuyentar los males ajenos, pero vive sumido en los propios.

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John Cusack

   Y para rematar la familia, Aghata (Mia Wasikowska), la hija oligofrénica y sicopática, recluida desde hace años en un manicomio en Florida. Frágil como una crisálida, la joven vuelve buscando la reconciliación, a un hogar donde no se la espera, ni se la desea.

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Mia Wasikowska

   No hay narcótico, psicótropo, o ansiolítico que no termine en el estómago de la rutilante Havana Segrand (Julianne Moore). Ella ha vivido en el olimpo de las estrellas, ha comido en la mesa de los dioses; ha sido admirada y bendecida por hordas de admiradores, y suspirada por los directores y productores más prestigiosos de Hollywood. Pero el paso del tiempo ha dejado un recado en su cabeza, así como quién no quiere la cosa: ¡se te ha pasado el arroz nena, estás demasiado talludita para todos los papeles que te interesan, ya no puedes elegir, ahora te toca coger lo que te ofrezcan!.

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Julianne Moore

   En plena efervescencia de la depresión, un papel sobrevuela sobre su atolondrada cabeza: un prestigioso director de cine independiente va a rodar una remake de una película que protagonizó su madre, y que la catapultó a la fama. ¿Es posible que tu madre muerta se aparezca en tu bañera y con desprecio te diga que estás acabada, que eres vieja? Que amenazante y odiosa te mire fijamente a los ojos y te escupa en tu mismo aliento: -¿Sabes que es el infierno? ¡Un mundo sin narcóticos!

   Jerome Fontana (Robert Pattinson), es un joven conductor de limusinas con pretensiones de actor y guionista (álter ego del guionista Bruce Wagner). Sólo en él reside la cordura y la ponderación: es una especie de querubín; elegante, bello y deseable, en medio de un mundo tan hipócrita como repugnante. Parece un observador en off, aunque esté vívidamente presente en la acción. Sólo le falta la libretita para ir apuntando, tras mojar con su lengua la punta del lápiz, los desvaríos de una fauna, que un día redactado en forma de memoria, venderá a un prestigioso director de cine.

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Robert Pattinson y Cronenberg

   Por mucho que David Cronenberg diga que no pretendía concretar un tono naturalista ni ofrecer una mirada documentalista sobre Hollywood, a uno le queda en el paladar, un gusto diferente de está copa de veneno servida en baso de oro. Para un director de 72 años ganador de todo lo ganable (menos los Oscar), que siempre rehusó participar en una producción hollywoodense, que en la única ocasión que plante su cámara en la meca del cine (sólo cinco días de todo el rodaje), sea para rodar “Maps to the stars”… ¡no lo se…! ¡si él lo dice…!

Julianne Moore

   Tal vez por un momento el espectador pueda llegar a pensar que los personajes de la película son desmesurados y excesivamente maquiavélicos: craso error amigos míos. Les recomiendo que lean Hollywood Babilonia, de Kenneth Anger, o como lo llaman algunos, la biblia del cotilleo y la crónica negra, de este ínclito paraíso del glamour. Para muestra, un botón: La actriz mexicana Lupe Vélez, considerada una de las estrellas más rutilantes de los años 20 en Hollywood, citó a sus amigos a una fiesta en su mansión, planeando quitarse la vida. Embarazada y rechazada por su pareja, quiso que hacer de su muerte todo un espectáculo: lleno la casa de flores y velas. Cuando la fiesta estaba en su momento más álgido, mientras los invitados bailaban, bebían y reían, Lupe se fue a su dormitorio, tomó una sobredosis de Seconal y se tumbó en su cama esperando la muerte. Cuanta la leyenda que los barbitúricos le revolvieron el estómago y le entraron unas ganas irreprimibles de vomitar. Completamente embriagada se levantó al baño, resbaló y dio con su cabeza en la taza del váter, con tan mal glamour que su cara quedó dentro del agua estancada, muriendo ahogada en tan vergonzosas aguas.

   Si todos los actores de “Maps to the stars” brillan a gran altura, mención especial merece la grandiosa Julianne Moore. Lo cierto es que no es ninguna novedad que la actriz de Carolina del Norte, alcance cotas de magisterio en sus interpretaciones. Decir que es una de las mejores actrices del planeta es sólo hacerle un acto de justicia. ¡A sus pies y besando sus manos, señorita Moore!

   Con esta película el director canadiense recupera el tiempo perdido, vuelve vigoroso por la senda de un genero que él mismo inició y que otros etiquetaron como “horror corporal”. La exploración humana a través de los miedos, la psicología transformadora de lo físico, la sexualidad procaz e irreverente como exhortación del tormento mental, la violencia extrema como fuego depurador. Cronenberg no es apto para todos los públicos: cuando uno visiona una de sus películas, no puede dejar su masa encefálica en el guardarropas de la sala de cine y recogerla a salida; no puede uno comer palomitas y aspirar Coca-Cola, ni puede marcharse del cine pensando en otras cosas. El cine de Cronenberg sigue proyectándose en tu cabeza como un bucle infinito. Eso es precisamente lo que le hace único, lo que lo hace irrepetible.

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