Loveless (Sin amor) (Rusia -2017) Andréi Zvyagintsev

Andréi Zvyagintsev

Si entramos en la página web de Andréi Zvyagintsev, nos encontraremos a modo de presentación, con una foto suya durante un rodaje: con gesto pensativo, los brazos en jarras y las manos apoyadas en sus caderas, mantiene la mirada clavada en el suelo: a su lado aparece una cámara de cine que parece esperar su orden para comenzar el registro de la secuencia que se concibe en la mente exigente de Andréi. Para los que hemos seguido asombrados la carrera de Zvyagintsev desde su extraordinario debut en el largometraje con “The return” (2003), entendemos que esa fotografía define explícitamente el universo cinematográfico en el que se mueve el genial director ruso.

   Loveless en una obra de engranajes múltiples y piezas milimétricas, tan sutilmente diseñadas y tan perfectamente armadas y pulidas, que todo va encajando con la precisión de un artesanal reloj suizo. Nada sobra: ni una imagen, ni un dialogo, ni un silencio, ni un minuto de metraje. Y como en todas las películas magistrales, algo falta: ahora eres tú quien debe recoger el guante que te lanza Zvyagintsev para que la película se prolongue y concluya en tu mente.

Pero comencemos por el principio: la sinopsis oficial de Loveless es tan escueta que ni siquiera llega a dos líneas de texto: “Una pareja en proceso de divorcio debe unirse para encontrar a su hijo que ha desaparecido después de una de sus amargas riñas.”

   Añado para los que os gusta conocer algo más del argumento, que la pareja en cuestión, Zhenya y Boris, siguen compartiendo casa y broncas tremendas, mientras diseñan planes futuros al lado de sus nuevas parejas. Tienen un hijo en común, Alyosha, de 12 años, y ninguno de los dos alberga la mínima intención de hacerse cargo del crío. Vamos, que se pelean por quitárselo del medio. Y no es por falta de recursos, los dos tienen un buen trabajo y una vida acomodada: ¡la nueva e incipiente Rusia vela por ellos!

La trama queda extraordinariamente definida en una de las secuencias iniciales de la película, cuando la pareja se enzarza en una disputa verbal, lanzándose mutuamente graves acusaciones y culpas sobre la dejación de responsabilidades sobre Alyosha. La mezquindad de la pareja llega a tal extremo, que la madre propone internar al chico en un colegio: -“Un día se unirá al ejercito, ¿por qué no empezar a acostumbrarse”-.

¿Y cómo resuelve Zvyagintsev la secuencia?. Pongamos descripción a la imagen: la pareja está en la cocina, ella sentada con una copa de vino en la mano y él de pie apoyado en el fregadero. Tras una bronca y los subsiguientes insultos, ella se levanta y se dirige al baño: la vemos sentada orinando, limpiándose, lavándose las manos, y cobrando ánimo para volver a la guerra: el pasillo está a oscuras, la mujer lo cruza y cierra tras de sí la puerta del salón, descubriendo el espectador al niño que se oculta tras la puerta: ¡su llanto mudo e impotente nos rompe el corazón!. La secuencia en sí misma, sería un cortometraje extraordinario. ¡No se puede dirigir mejor que Andréi Zvyagintsev!.

   Inicialmente podríamos considerar que el director ruso a construido un drama que funciona como una metáfora de la realidad contemporánea que vive el país de los antiguos zares. Y no deja de ser cierto, Zvyagintsev nos describe la hipocresía, el individualismo, y la estúpida frivolidad con la que muchos ciudadanos de la clase media alta rusa viven su vida. La vida en redes: la soledad por compañía y la tenue iluminación de una pantalla de móvil por luz: no existe momento de placer y diversión si no hay un selfie que lo corrobore. El dinero fluye y lo domina todo, como en la extraordinaria secuencia de un restaurante de lujo donde una voz masculina en off, (no sabremos más de este invisible personaje) detiene el paso de una escultural mujer y le pide el teléfono y su nombre: ella se lo susurra sugerente, para ir después a sentarse con su pareja de esa noche.

   Zvyagintsev nos presenta una sociedad sin amor: nadie da nada si no obtiene nada cambio: ¡argumento que bien podría tratarse en una serie distópica tipo Black Mirrow!. La única esperanza proviene paradójicamente de un grupo de voluntarios que organiza la búsqueda del niño: la policía tiene demasiado trabajo como para ocuparse de la desaparición de un mocoso que según el oficial que atiende a los padres, estará viviendo una aventura “hormonal” y volverá en menos de dos días.

 Los más prestigiosos festivales del mundo libran una batalla abierta para incluir en su sección oficial el último estreno de Andréi Zvyagintsev. Los premios se acumulan y la casa del director ruso debe de ser una especie de museo de trofeos. En IMDB aparecen 117 menciones, entre premios y nominaciones. Y lo más asombroso es que la obra de Zvyagintsev sólo la constituyen cinco largometrajes: The return (2003), Izgnanie (2007), Elena (2011), Leviathan (2014), y Loveless (2017).

 Recientemente Paramount Pictures ha anunciado el acuerdo alcanzado con Andréi Zvyagintsev para dirigir una serie para televisión, aún sin título. Sí se sabe que estará ambientada en el Moscú contemporáneo y el idioma original será el ruso. El argumento se basa en una idea original del director y su colaborador habitual en el guión Oleg Negin. Habrá que estar atento al progreso del proyecto. Aunque no me cabe la menor duda de que la serie será todo un éxito, esperemos que la aventura televisiva no retrase en exceso el regreso de Zvyagintsev al mundo del cine.

No dejéis de pasar la oportunidad de ver Loveless en una pantalla de cine: garantizada está la excelencia técnica e interpretativa. Una recomendación para los espectadores que sufren con los dramas y les echa para atrás el argumento: Andréi Zvyagintsev no pretende infligir castigo alguno a los espectadores, nos está advirtiendo de una forma helada y escalofriante en qué se están convirtiendo las relaciones sociales de este mundo globalizado. Bueno es darse cuenta y reflexionar: porque aunque la película hable de la sociedad rusa, el mundo entero está lleno de Zhenyas y Boris.

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