El Club –Chile (2015) Pablo Larraín

SINOPSIS

el galgo    Una playa de olas encrespadas, una luz azul y mortecina, una ligera niebla desdibujando la imagen, un hombre agitando en círculos una pértiga   sobre la que cuelga una liebre simulada, y un galgo parduzco que intenta inútilmente atrapar el señuelo. En lento in crescendo, una notas sublimes de chelo y violines parecen emergen desde las mismas entrañas de la tierra, fundiéndose con la opresiva atmósfera. Las carreras de galgos que se celebran en el pueblo, es la única distracción que mantienen los cuatro curas y una monja, que habitan en una casa de retiro espiritual, ubicada sobre un promontorio de la agreste costa del pacífico chileno. Están ahí para depurar sus pecados, para exonerar sus atormentadas almas de los pecados más aberrantes que puede cometer un ministro de Dios. La rutina y tranquilidad de su convivencia se rompe, cuando un quinto sacerdote llega a la casa atormentado de culpa. Los demonios que creían apaciguados vuelven a desatar su cólera sobre la conciencia de los penitentes. Para investigar los dramáticos acontecimientos que tendrán lugar, un último cura aparece en escena: un consejero de crisis enviado por la curia.

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   “Y vio Dios que la luz era buena, y separó a la luz de las tinieblas”. Génesis 1:

pablo larraín

Pablo Larraín

   Con esta frase del Antiguo Testamento, sobreimpresa en un negro tan profundo como amenazante, comienza una de las películas más duras y perturbadoras que nos ha dejado el año 2015.   Aunque uno tiene la primera impresión de que esa casa, es una metáfora representativa del purgatorio, lo que el cineasta chileno Pablo Larraín nos propone es visitar las neblinosas y azufradas estancias del infierno. Puesto que en la actitud de los curas no existe el mínimo atisbo de arrepentimiento, de expiación, ni siquiera reconocimiento de culpa, la redención y la purificación final de los pecadores se muestra como un propósito tan estéril como inalcanzable.

   El estreno de la quinta película del director chileno, ganadora del gran premio del jurado en Berlín 2015, coincide en tiempo y temática con la triunfadora a la mejor película en los Oscar 2016, Spotlight, del norteamericano Tom McCarthy. La diferencia del tratamiento argumental entre las dos cintas son tan evidentes como esperadas. Spotlight se centra más en la investigación periodista que destapa los casos de pederastia, dejando en un segundo plano, decepcionantemente superficial, el sufrimiento de las víctimas y el tormento de los pecadores. A pesar de ser una buena película, uno tiene la sensación de que ya la ha visto cien veces.los tres del sofa

   Mucho más arriesgada, más ambiciosa en el fondo y en la forma, El club nos propone una introspección a lo más profundo y oscuro de la mente humana: pedofilia, abusos de poder, tráfico de niños… Y todo bajo la atenta mirada de un Dios que lo ve todo, y todo lo puede… ¡Amén!

   Los trastornos de la personalidad y del comportamiento, pongamos por caso la pedofilia, son execrables en todos los casos sin excepción, pero si cabe, mucho más repulsivos en aquellas personas que proclaman el amor al prójimo y dedican su vida a orientar espiritualmente a sus fieles en un dogma.rosario

   Los estamentos internos de la iglesia se encargan de poner remedio al problema, ocultando los hechos a la jurisprudencia civil, que es la única legitimada para ejercer la justicia. La vergüenza y la desconsideración social que conllevaría la repercusión pública de este tipo de abusos, menoscabaría su credibilidad y lo que es peor, pondría en peligro su silla en la mesa de los poderosos.

   Larraín no se anda con sutilezas a la hora de abordar el tema: su guión es como una carga de dinamita justamente programada, para hacer saltar por los aires la hipocresía en la que se mueve la iglesia; la corrupción, el oscurantismo, y la depravación de unos hechos que se repiten obscenamente, que se ocultan y se niegan, y que cuentan con el silencio cómplice de democráticos gobiernos, confesionales y laicos.grupo

   Consciente de la dificultad actoral, Larraín convoca a un elenco de lujo de la escena chilena: Alejandro Goic, Alfredo Castro, Jaime Vadell, Alejandro Sieveking, Antonia Zegers, José Soza, Roberto Farías y Marcelo Alonso. Surge entre ellos una química que funciona sin excepción: todos nos regalan unas creaciones de personajes absolutamente fascinantes.

  Soberbia también la fotografía de otro colaborador habitual del director chileno, Sergio Armstrong, que recrea con absoluta maestría la frialdad y gravedad atmosférica, y la angustia de un espacio interior tan opresivo, a pesar  de las lentes angulares que utiliza para aumentar la sensación de irrealidad.

   En el apartado musical, es admirable la habilidad de Larraín para fusionar imagen y música: un ejemplo de ello es el comienzo de la película, cuando suenan los primeros acordes de “Fratres”, del genial compositor estonio Arvo Pärt. Parece una música compuesta ex profeso para la película. También recurre a Britten, Bach, y al compositor chileno Carlos Cabezas, que firma una banda sonora que logra estar a la altura de tan exigentes compañeros de viaje.

 el investigador rezando No dejar pasar la oportunidad de ver esta gran película en una pantalla de cine: sin duda la mejor forma de pasar dos horas en el infierno; os cabreareis, sentiréis angustia, desconcierto, indignación… Lo que no vais a sentir, tenerlo por seguro, es empatía ni conmiseración por los culpables. ¡Que lo que Dios no perdone, no lo perdone el hombre!

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